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La fe no hace las cosas fáciles, las hace posibles

Fe y esperanza

La fe no hace las cosas fáciles, las hace posibles

La fe no hace las cosas fáciles, las hace posibles

En el post anterior abordaba la necesidad de ser resilientes ante la adversidad. Explicaba que no solo es necesario resistir la adversidad, sino que hay que superarla y crecer, siendo capaz de transformarnos a nosotros mismos y a nuestro entorno. En este post me gustaría centrarme en dos virtudes trascendentales, la esperanza y la fe.

La esperanza puede definirse como la determinación para alcanzar un objetivo, sin importar lo escasa que sea la probabilidad de lograrlo. Además, se compone de tres elementos: el objetivo, el camino y los medios. En definitiva, uno tiene claro a dónde quiere llegar, el camino que debe transitar y los medios con los que cuenta.

Por su parte, la fe es la creencia en que un Poder Superior da un orden al universo y un propósito a nuestra existencia. Las cosas que suceden (buenas o malas) se interpretan como pruebas para cumplir con el plan trazado para cada uno de nosotros.

La fe y la esperanza son más necesarias que nunca porque el COVID-19 es una enfermedad con la que tendremos que aprender a convivir mucho después de que acabe la cuarentena

La fe y la esperanza son más necesarias que nunca, en estos momentos que nos toca enfrentar la pandemia del COVID-19. Estamos hablando de una enfermedad que ha paralizado el mundo, destrozado vidas, salud, proyectos de vida y la economía de personas y naciones. Es una enfermedad con la que tendremos que aprender a convivir mucho después de que acabe la cuarentena.

La esperanza y la fe son valores trascendentes de la espiritualidad que pueden resumirse en la siguiente frase: “El que planta un árbol sabiendo que nunca se sentará a su sombra ha comenzado a entender el sentido de la existencia”.

Fe y esperanza

Las flores del bambú

Esta historia ocurrió en septiembre de 2008, si la memoria no me falla. “¡Ha florecido el bambú!”, me comentó el Profesor Cristóbal Ríos Albuerne, investigador del Jardín Botánico de la Universidad Central ‘Marta Abreu’ de Las Villas. Me explicó que lleva décadas ver florecer un bambú, “deberías ir, y lleva a tus alumnos, es una oportunidad única”.

De esa visita guiada salí convencido de que, con el bambú, todo es interesante. En el arte chino es uno de los cuatro nobles y representa el verano. Pueden pasar más de cinco años después de plantar la semilla y parece que no sucede nada. Y luego, como si de la historia de Jack y las habichuelas mágicas se tratase, en un par de meses ¡algunas especies pueden crecer hasta 30 metros! Durante todo ese tiempo, el gran trabajo ocurre bajo tierra, pues necesita un fuerte sistema de raíces que sostengan la planta.

El desarrollo de la fe sería el equivalente a la visión del botánico o el jardinero con el bambú. Ellos tienen la certeza de que fuera de su vista están ocurriendo cosas y que todo llegará a su debido tiempo.

Eso mismo ocurre con la educación. Un país que reforma un sistema educativo desde sus cimientos necesita casi 40 años para que esta inversión se revierta en la economía y el bienestar de la nación. Es probable que aquel que diseñe el proyecto no alcance a cosechar los beneficios económicos y de bienestar que aspira que la sociedad logre.

Si miramos concienzudamente nuestra vida podremos preguntarnos cuántas semillas de bambú hemos plantado y cuántas llegamos realmente a ver germinar o florecer

También ocurre algo similar con la familia, las relaciones entre sus generaciones y la crianza de los hijos. ¿Cuánto tardan estas “semillas” en “florecer” y alcanzar todo su potencial? Ningún padre tiene la certeza de que su hijo será todo lo que ha proyectado que puede llegar a ser, pero aun así trabaja con ahínco para que tenga la posibilidad de lograrlo. ¡Y qué decir de los abuelos!

De esta historia me quedo con que hay un plan y que no podemos saber o controlarlo todo, que solo podemos hacer nuestra parte y tener fe. Si miramos concienzudamente nuestra vida podremos preguntarnos cuántas semillas de bambú hemos plantado y cuántas llegamos realmente a ver germinar o florecer.

Podemos quejarnos de que estamos invirtiendo esfuerzos en vano, o de que hemos sido estafados, porque no vemos ningún resultado y, con el tiempo, darnos cuenta de que ese fracaso nos llevó hacia el lugar donde debíamos estar, o que el éxito nos desvió del camino que queríamos seguir.

“Dios debe creer que soy Rambo”

Este encabezado lo tomo de un chiste que escuché hace algún tiempo, pero que no viene mal recordar en estos momentos. Un discípulo le cuenta a su maestro los obstáculos que encontraba en su camino y lo insuperable que algunos parecían. “Dios guarda las batallas más duras para sus mejores guerreros”, le dice el maestro. “¡Pues debe creer que soy Rambo!”, responde el discípulo.
Aunque parezca simple o banal, este chiste resume el pensamiento de muchos cuando la vida nos envía pruebas más duras de las que creemos que somos capaces de soportar. Aquí hay dos caminos, podemos creer que es un castigo, rendirnos y amargarnos, o podemos aceptar que es una prueba que debemos superar, sin tener la certeza de cuál será el resultado.

¿Por qué el ser humano necesita tener fe?

Hace 10 años se publicó un experimento en Psychological Science que partía de la idea de que, el ser humano había desarrollado la creencia en un Poder Superior como un recurso para afrontar la adversidad. El estudio no estaba enfocado a validar la creencia, sino en comprobar su utilidad para mantener la calma en situaciones de incertidumbre.

El experimento fue muy interesante, pues se valió del priming para inducir los estímulos, sin que el participante fuera consciente de lo que estaba ocurriendo. Pero estoy seguro de que el lector se aburrirá si comienzo a describir los detalles del estudio, así que saltemos a las conclusiones.

La fe es una herramienta desarrollada para afrontar situaciones difíciles

Los investigadores concluyeron que la creencia en un Poder Superior, como Dios o el karma, tiene como una de sus funciones defender a las personas contra el malestar causado por la casualidad o la aleatoriedad. ¿Qué quiere decir esto? Pues que no nos hace bien concebir los desastres naturales, enfermedades y accidentes como casualidades que no tienen ningún sentido.

Otro estudio publicado en 2014 denomina incertidumbre ecológica a todos estos factores adversos y realiza un análisis de las creencias religiosas en 583 sociedades. Concluye que, alcanza su mayor desarrollo en sociedades con organizaciones complejas y, sobre todo, en aquellas que se vieron obligadas a evolucionar en entornos más adversos. En definitiva, la fe es una herramienta desarrollada para afrontar situaciones difíciles y sin ella no hubiéramos llegado a ser lo que somos como especie.

La esperanza es lo último que se pierde

Si la fe moldea nuestra actitud, la esperanza moldea nuestra acción. “Mientras hay vida hay esperanza”, es una frase que se repite mucho. En mi opinión, hace referencia a la idea de que, sin importar cuan escasa sea la probabilidad de lograr un resultado, hay que seguir adelante, hay que seguir poniendo acción.

La esperanza se relaciona con el bienestar y la felicidad, aun en situaciones de adversidad o enfermedad. Un estudio publicado en Frontiers in Psychology resalta la importancia de la esperanza para enfrentar las enfermedades crónicas, duros tratamientos, procesos de rehabilitación dolorosos y realizar los cambios necesarios, que permitan el desarrollo de un estilo de vida saludable.

¿Tiene sentido hablar de falsas esperanzas?

Aquí me gustaría hacer mención a dos referentes de la Psicología, Richard Lazarus y Seymour Epstein. El primero de ellos hace referencia al segundo en su libro Pasión y Razón, para desmontar la idea de las “falsas esperanzas”. Epstein dice no comprender lo que significa el término, dado que toda esperanza es “falsa” en su concepción, pues no existe certeza del resultado y, además, es poco probable que se materialice.

Cuando las probabilidades juegan en nuestra contra y la situación es más difícil o desesperada es, precisamente, cuando más necesaria se torna la esperanza

Lazarus continúa esta idea argumentando que la esperanza no tiene mucha razón de ser cuando las probabilidades juegan a nuestro favor. De hecho, sugiere que cuando las probabilidades juegan en nuestra contra y la situación es más difícil o desesperada es, precisamente, cuando más necesaria se torna la esperanza.

Quizás haríamos bien en no confundir generar falsas esperanzas con falsas expectativas. La esperanza siempre es correcta, lo incorrecto es que se sostenga sobre falsas expectativas o el engaño. Debido a ello, siempre debemos guiarnos por fuentes fiables de información. En el caso del coronavirus, debemos saber diferenciar las noticias ciertas de los bulos o las ‘fake news’.

A modo de conclusión

La fe nos brinda la serenidad necesaria para aceptar aquellas cosas que no podemos cambiar, entendiendo que forman parte del plan de un Poder Superior, tal y como cada cual lo conciba. La fe nos ayuda a transitar por el dolor y nos ayuda a lidiar con el sufrimiento. Como bien dice una frase que he escuchado, “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”.

Por su parte la esperanza nos ayuda a mantener la acción y seguir haciendo nuestra parte, sobre todo cuando las probabilidades no están de nuestro lado. La esperanza nunca es falsa, pero sí pueden serlo las expectativas en las que se sostiene, basadas en la información que recibimos. Por ello, es importante buscar fuentes fiables de información.

En momentos de gran incertidumbre como los que estamos viviendo, la esperanza y la fe resultan más necesarias que nunca. ¡Afrontemos esta pandemia sin perder la fe y la esperanza!

¡Entre todos venceremos al coronavirus!
¡Haz tu parte!

Boris C. Rodríguez-Martín PhD

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